Opinión 25/09/2022 13:01 hs

¡Sumbudrule! Por Osvaldo Bazan

¡Sumbudrule! Por Osvaldo Bazan

No hay muchas palabras que tengan dueño.

Sin embargo, acaba de irse un señor que sí, que pudo vanagloriarse de ser el propietario de palabras imborrables, un conjunto de letras surrealistas, inabarcables en su sentido, pero claramente reconocibles.

Sumbutrule.

Lactántricos.

Fabulósico.

Zazaza zazaza.

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Ea ea eape pé.

Es gracioso imaginar a un traductor frente a estos verdaderos intríngulis, gemas raras de una lengua viva.

¿Cómo reaccionaría un extranjero viendo fotos de fiestas argentinas en donde, siempre, siempre, hay alguien con la mano abierta como haciendo un casquito araña sobre la cabeza de otro?

No hay fiesta en la que a las 4 de la mañana, a la hora de los retratos alcohólicos, no cuente con un sumbudrule. 

El que no hizo o al que no le hicieron “sumbudrule”, ¿puede reclamar pasaporte argentino?

Cuando Carlitos Balá se fue de Argentina, ya hacía mucho tiempo que esa Argentina se había ido de todos nosotros.

Aquel país de la sal salada, donde se dormía tranquilo y sin frazada y el kilo de pan venía con dos pancitos más, ya no existe.

Se cae entonces en el riesgo de la nostalgia, la idealización de un pasado irrecuperable en donde fuimos felices, el jardín florido de la infancia con figuritas de chapa y pan con manteca.

Ahí, en el corazón de esa inocencia, fue Carlitos Balá un cicerone de un paisaje que juntaba a un tiempo la fantasía infantil con cierta mirada socarrona y argentina.

¿Qué es el sumbudrule sino una manera de hacerle una jugarreta a la solemnidad, una pequeña zancadilla al exceso de poder? Quizás sí, esto sea una sobreinterpretación, pero hubo tanta sobreactuación alrededor de Carlitos, hubo tanta gente que necesitó gritar a los cuatro vientos que Balá nunca fue parte de su infancia, que no es grave.

En las redes sociales, un grupo de iluminados se vanaglorió de haber sido objeto de prohibiciones paternas sobre la visión del Mundo Balá, poniendo al ídolo en el lugar del colaboracionista y por sobre todo, aplaudiendo esas directivas frías que recibieron en la infancia, aceptando la censura como forma de educación y adiestramiento. Personas que reclaman para sí el título de “revolucionarios”, pero que jamás se revelaron ni siquiera contra el mandato paterno de lo que podía o no verse por televisión.

Fue un raro momento de claridad: para mucha gente autopercibida progresista, la prohibición es un mérito. Han naturalizado la proscripción y así andan por la vida.

Sería menor si no fuera que forman parte de cierta pretendida élite cultural nacional. Muchos de quienes saltaron con su prueba de la blancura tienen cargos en lugares ligados a la comunicación oficial.

Suelen dar cátedra sobre lo que se debe y no se debe, subidos al banquito moral al que acceden, justamente, por no saber hacer un gestito de idea.

La única contestación posible: “¡Mirá cómo tiemblo!”.

Son también los cultores del presentismo, una nueva moda importada -cuándo no- paradójicamente, de las avanzadas universidades norteamericanas, derivadas de la cultura woke (digamos “desperté”).

Breve paréntesis.

La cultura woke es la consumación de lo políticamente correcto. Nacido en los ámbitos académicos norteamericanos dice, claramente “yo desperté, soy más vivo que vos, que seguís dormido”. Su misión, entonces, es despertar a las masas, esa enorme cantidad de mamertos dormidos que los rodean sin darse cuenta de lo que pasa, porque no son tan vivos como ellos. Es una soberbia interpretación del mundo que pretende detentar el monopolio del bien, la verdad y la justicia. De manera simplista asegura que todo lo que hizo el hombre blanco -de Platón a Cervantes, de Shakespeare a Homero- está mal y es un privilegio y por eso, si sos “blanco” sólo podés pedir perdón porque tus tatarabuelos seguramente fueron violadores y asesinos. 

Esta cultura que, abusando de las libertades occidentales, se vuelve contra esas mismas libertades, encontró en estas playas seguidores fanáticos y especialmente en el kirchnerismo y el “progresismo” en general un terreno fértil.

Es el “somos buenos, nosotros somos buenos” de los seguidores de Milagro Sala con sello académico.

Y en el caso de la desaparición física de Carlitos Balá se hizo presente en la forma del “presentismo”, esta nueva corriente que consiste en analizar hoy a cada persona del pasado con estándares del presente, lo que, como dijo el humorista y periodista norteamericano Bill Maher: “Es tan estúpido como enojarse con uno mismo por no haber sabido lo que sabés ahora cuando tenías 10 años. Es como decir ‘¡qué estúpido que fui por haber perdido el tiempo esperando que me crecieran los sea monkeys!’ ¿Quién no dijo: ‘no puedo creer que yo haya dicho eso, no puedo creer que yo haya usado eso, no puedo creer que yo haya pensado eso’? Sí, comí tierra, quería ser un ghostbuster y me robé un chicle de un kiosco”.

Aquellos que en el día de su muerte y mientras la mayoría del país celebraba en silencio la ceremonia del respeto por alguien que dio alegrías y construyó sonrisas, fueron al archivo a buscar la propaganda que Balá hizo del Mundial ’78 para acusarlo de “colaboracionista de la dictadura cívico militar”, no estaban hablando de Carlitos Balá.

Estaban hablando de ellos, de su miserable mirada chiquita y rencorosa, de su banquito moral y superioridad de morondanga con el que pretenden diferenciarse, porque ellos, claro, son los “despiertos”.

Carlitos Balá fue el dueño de un perro invisible que finalmente ejercitando la imaginación todos podíamos ver; el que se agrandaba ante un enemigo temerario diciéndole “¡mirá cómo tiemblo!” o el niño insoportable -que también éramos- que no paraba de refunfuñar: “Mamá, ¿cuándo nos vamos?”.  Y así nos enseñó a reírnos de nosotros mismos sin más herramientas que un gorrito y unos anteojos.

Claro que no es sólo el riesgo de la nostalgia el que nos lleva a comparar aquella infancia idealizada con este presente pobre de toda pobreza.

Mientras millones de argentinos nos sentíamos parte de una ceremonia compartida por otros millones de anónimos, despidiendo con honores a un tipo bueno que nos hizo felices, las pantallas del país mostraban la última caricatura de una señora que se creyó que la Argentina le quedaba chica y precisaba dos números más, dando ya ni siquiera lástima, mostrando papeles que no dicen lo que ella quiere hacernos creer que dicen, gritando en el desierto de la indiferencia a la que ya la hemos condenado.

Pensó, la señora, que millones de compatriotas saldríamos a la calle a solidarizarnos porque unos señores malos quieren que explique -y no puede- cómo 46 mil millones de pesos pasaron del Estado que ella dirigía a los bolsillos de Lázaro Báez y de ahí, en gran parte, a los suyos propios sin que se hayan terminado casi las obras por las cuales pagamos 46 mil millones de pesos.

Habían pensado, la señora y todos los suyos, en multitudinarias marchas y en diecisietes de octubre de plástico.

No ocurrieron.

No ocurrirán.

La señora intentó otra vez, vanamente, obligar a millones de argentinos a pensar lo que ella quiere: “Nadie puede pensar que esa banda planificó, ideó la autoría intelectual de lo que me hicieron”, aseguró.

Bueno, qué sé yo si nadie puede.

Poder, puede cualquiera.

Lo que por ahora no se puede es afirmar otra cosa.

No hay una sola prueba.

Como sí la hay de los 46 mil millones de pesos que pasaron…etc.

Era raro el contraste del viernes entre las pantallas con la señora diciendo qué se podía y qué no se podía pensar y la imagen de Carlitos Balá haciendo sumbudrule; pasar rápidamente de una imagen a otra sin cambiar de andén.

Era aquél país del zazaza y éste del sarasa.

En el medio, la decadencia.

Los países, como las personas, tienen ciclos.

Nada es eterno.

Ahí está Irán para confirmarlo.

El 1 de abril de 1979, el pueblo iraní votó a favor en el referéndum para convertirse en una república islámica, una teocracia anti occidental autoritaria. Las chicas que hasta ese momento lucían como cualquier mujer del mundo occidental, minifaldas y bikinis no hubieran imaginado jamás que, muchos años después, sus nietas serían asesinadas por la Policía de la moral por llevar el pañuelo en la cabeza un poco flojo y ¡horror! mostrar parte de su cabellera.

Pero es lo que ocurrió.

Mahsa Amini de 22 años fue detenida en Teherán el 13 de septiembre por parte de la Policía de la Moral. Tras el triunfo de la Revolución Islámica los clérigos que lideraron la revolución impusieron el hiyab obligatorio a todas las mujeres del país. No podían mostrar su pelo porque eso incitaría a los hombres y eso no le gusta nada a Alá.

Sin embargo, la obligación de usar el velo recién se convirtió en ley muchos años después. Sin el velo, desde los 7 años, las mujeres no pueden ir a la escuela ni conseguir un trabajo y así se creó el nuevo cuerpo policial, las Gasht-e Ershad, una patrulla moral con derecho a llevar armas, multar y detener a cualquier persona que vista “incorrectamente”.

Estas patrullas andan aleatoriamente por las ciudades y hasta se creó una aplicación telefónica que avisa a los usuarios por dónde no pasar si uno quiere evitarlas.

Parecía que finalmente en 2019 se iban a aliviar esas medidas pero protestas callejeras por una nueva crisis económica -al país le va muy mal en esos términos, hay al menos 25 millones de personas viviendo bajo el umbral de la pobreza- hizo que se profundizara la represión: las patrullas morales establecieron centros de arresto propios para la reeducación. Ahí las detenidas son agredidas, violentadas y “reeducadas” en la buena vestimenta y las reglas del Islam.

Allí llevaron a Mahsa, allí murió.

Según las autoridades, de un infarto. Según los familiares y testigos, de los golpes recibidos.

Fue la chispa que estaba faltando sobre el pasto seco de la crisis y el hartazgo de la población.

Hoy, ahora mismo, decenas de miles de manifestantes llenan las calles de Teherán y de otras 80 ciudades, y a diferencia de las manifestaciones antigubernamentales de 2009, 2017 y 2019 esta vez se han unido clases medias y clases pobres y, por sobre todo, se sumaron al pedido encabezado por las mujeres, también los hombres al grito de: “Mujer, vida, libertad!”. Una estatua del líder supremo Jomeini fue quemada en su ciudad natal de Mahhad. Es un símbolo sublime del cansancio y el hartazgo.

Que cientos de mujeres se muestren cortándose el pelo es muy fuerte en un país que lo prohíbe expresamente. Más fuerte todavía es la quema pública de yihabs. Es que el velo es el símbolo más claro de la permanencia del régimen.

Quemarlo, es quemar su imagen de inquebrantable.

El largo y penoso camino iniciado por Irán en 1979 quizás esté llegando a su fin.

O no.

Pero ya no será lo mismo.

Las mujeres lo están consiguiendo. Se espera la palabra sorora desde acá, que todavía no llega.

Así, el régimen amigo de la señora argentina que habló por televisión el viernes anunciándole al país que se sentía en estado de total indefensión, como ella, está pasando por un mal momento.

Como el otro amigo de la señora, el magnánimo Vladimir Putin ex oficial de la KGB, con cargos públicos importantes en la Federación Rusa desde 1991 que también se encuentra en problemas. El autócrata del régimen por el cual, como dijo Anatoly Nicolini “lo dimos todo”.

Decidió en febrero de este año -mientras la pareja de Fabiola le decía que Argentina debía ser la puerta de entrada de Rusia a Latinoamérica- invadir Ucrania. Analistas argentinos, siempre tan informados de lo que pasa en el mundo, dijeron “en tres días Putin toma Kiev y pone un gobierno títere”.

No pasó.

A 8 meses de comenzada la carnicería, Putin se encuentra empantanado, sin éxito externo, convirtió a su país en otro paria internacional, tiene a su propia gente escapando del país a como dé lugar y con revueltas en pueblos y ciudades porque los rusos, simplemente, no quieren ir a pelear a una guerra que no sienten propia ni necesaria.

¿Por qué llegó a esto, el amigo de la señora que no puede explicar cómo le apareció tanto dinero a un socio suyo por obras que nunca se realizaron?

Por los chupamedias.

Por miedo.

Nadie le decía a Putin lo que efectivamente estaba ocurriendo. Le inventaron una burbuja en donde el mundo era como Putin quería. Nada como la obsecuencia para hacer errar a un gobernante.

Así un día se encuentran con que las mujeres no están tan cómodas cuando les sacan los derechos, los hombres no son felices cuando los envían a la guerra, o el pueblo no está dispuesto a salir a la calle a pedir por una señora que no puede explicar cómo 46 mil millones de pesos, etc.

El rey estaba desnudo, pero los lameculos y trapisondistas jamás se lo dirán. Parrillis son lo que sobra en el mundo entero.

¿Es casualidad que Irán y Rusia sean dos de los países preferidos por los peronistas para estrechar lazos?

¿Es casualidad que el mismo día en que Naciones Unidas vuelve a llamar la atención por las terribles violaciones a los derechos humanos en Venezuela, el que dicen que gobierna Argentina en las mismas Naciones Unidas, pida por el levantamiento de embargos inexistentes tanto en Venezuela como en su madre patria, Cuba?

Irán, Venezuela, Rusia, Cuba, países parias a los que quiso y quiere atarnos por todos los medios la señora ahora mística con foto de la Catedral de Luján y nombrando a Dios y a la Virgen, porque parece que ya no más iglesia y estado asunto separado.

¿Notaron?

Es innegable el rancio olor a pasado que sale del último párrafo. Son países de atraso, todos con crisis económicas, con pueblos empobrecidos pese a sus enormes riquezas naturales, todos con gobernantes ricos metidos en burbujas.

Por eso, como el movimiento se demuestra andando, hemos decidido entre todos dejar el chupete en el chupetómetro y ser un poquito mejores.

Haremos todos juntos un gestito de idea y a todos estos tipos mohosos, y a la señora que no puede explicar cómo 46 mil millones de pesos, etc, más rápido que un bombero, les haremos un sumbudrule, le gritaremos “¡mirá cómo tiemblo!” y ¡ea ea ea pé pé!

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