“Después no pidás respiradores viejo boludo”

Por Osvaldo Bazán
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La culpa la tiene esa aplicación que te recuerda qué estabas haciendo tres años atrás.

El jueves pasado me asaltó desde el teléfono una foto que ya casi había olvidado.

Era el 31 de agosto de 2020, el día en que en Buenos Aires permitieron sentarse en la vereda de un bar, cosa que estaba prohibida desde marzo.

Fui a “Los 36 billares” en la porteña Avenida de Mayo y almorcé allí, en medio del frío del invierno más largo que hayamos pasado; un invierno que quizás no haya terminado aún.

Me saqué una foto y la publiqué en lo que en aquel momento se llamaba Twitter con la ingenua leyenda “la libertad siempre triunfa”, lo que era claramente más una expresión de deseo que la realidad que estábamos viviendo en agosto del ’20.

Por si no se entendió: estaba haciendo algo permitido por las leyes más restrictivas del mundo, seis meses después de decretada la cuarentena.

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No era al comienzo de la pandemia, cuando camiones llenos de muertos por las calles de Italia nos atemorizaban con algo que nadie sabía bien qué era; cuando el ex presidente Alberto Fernández pasó de decir un día a otro que “era una gripe que con un tecito a 26 grados se solucionaba” a decretar el encierro total, de las personas y del país, “persiguiendo idiotas por las buenas o por las malas” como dijo con cara de malo.

 No.

 Habían pasado seis meses.

No había vacunas, pero el mundo ya había entendido que el encierro total no aplanaba ninguna curva, sólo la postergaba llevando la amenaza hacia el futuro. No hace falta aclarar que sí, que el futuro fue 2021 y la amenaza se cumplió, llevando la curva a las nubes y el número de muertos por millón nos colocó en los primeros lugares mundiales y ni hablar de lo que pasó con la economía y la salud mental de todos nosotros.

No lo sabíamos aún, pero la ex primera Fabiola ya había festejado con sus intrascendentes amigos en alegre montón, en la residencia presidencial de Olivos, ante la mirada indiferente del ex presidente, ante la mirada atónita de Dylan, su intrascendente cumpleaños, rompiendo todas y cada una de las reglamentaciones que a punta de pistola obligaron a los argentinos a no salir de sus casas y mucho menos, juntarse con los afectos.

Hacía ya dos meses que había publicado en estas mismas páginas el primer recuento de los casos de brutalidad policial y la suma de muertos que permitió la puerta abierta por el ex presidente (www.elsol.com.ar/el-sol/persiguiendo-idiotas/) y a la semana siguiente escribiría aquí mismo la segunda parte de esa infame lista (www.elsol.com.ar/el-sol/persiguiendo-idiotas-ii/)

Subí hace tres años a mis redes aquella foto de una actividad permitida, muerto de frío, mordiendo un pan de pizza en un bar cuyo mozo agradeció el pedido como si fuera la salvación para no perder su trabajo. Y en cierto modo, lo era.

Lo que ocurrió después, y de eso me hizo acordar la aplicación, quizás explique bastante lo que estamos padeciendo hoy.

Por un lado, un montón de gente agradecida, compartiendo sus fotos o sus vivencias en distintos bares de la ciudad, la alegría de los mozos, las narices rojas del frío y los ojos tristes por las pérdidas. Gente que se encontraba por primera vez con calles, árboles, autos, personas, después de casi 200 días de mirar la pared.

Eso fue al comienzo, la andanada de agresión vino unos minutos más tarde: “Después no pidás respiradores viejo boludo” me dijo un tal Martín que recibió 40 likes por su mensaje inspirador. Un tal “sin pariente” me apostrofó: “más estúpidos no se consigue, lástima, dan lástima”. Postearon fotos de gente muriéndose, haciéndome responsable de su destino por la inconcebible locura de tomar un café en la vereda de invierno de un bar sin clientes.

Así comenzó una salva de insultos, maldiciones y amenazas que llegaron incluso a los medios de comunicación, como si uno fuera tan importante (aunque el ego quedó bastante lustrado, claro, digamos todo). “Clarín” publicó: “Tras las críticas, redobló la apuesta con un provocador posteo. Osvaldo Bazán fue a comer a un restaurante y lo destrozaron”. Cosa que, como puedo comprobar 3 años después, no fue tan así. Acá estoy, enterito. Sí, “redoblar la apuesta con un provocador posteo” era sacarse una foto en un lugar permitido a una hora permitida y decir la palabra “libertad”.

El alma censuradora y moralmente superior de tantos y tantos argentinos floreció como nunca, demostrando que sólo hace falta un pequeño empujón estatal para que lo peor de gran parte de los conciudadanos florezca y eche a volar por la maltrecha geografía del país. En el origen de todos nuestros males, un fascismo a flor de piel que no pierde oportunidad de mostrarse como genuino producto del ser nacional.

En el capítulo “La Gran Estafa” que el periodista licenciado en biología Gustavo Noriega escribió para el excepcional libro “Manual de Autodefensa intelectual” que acaba de publicar la editorial Libros del Zorzal (la única editorial nacional claramente no adscripta a las mieles de ser orgánico al gobierno peronista, barro en el que sus colegas chapotean a gusto y que tantas alegrías les da, desde profusas compras estatales hasta subsidios y premios) recuerda que “durante dos años, los medios se obsesionaron con dar malas noticias y propiciaron las medidas más restrictivas alentando el estado de temor y delación entre los ciudadanos que sólo ocurre en épocas de guerra. Aquí el sospechoso no era el extranjero, el invasor, si no los vecinos, parientes, amigos y gente con la que se compartía un edificio o un transporte público. Sobre esa estructura de miedo y ejercicio del micropoder, se montaron los gobiernos. Suspendidas las garantías constitucionales básicas, paralizados los mecanismos de contralor, con el acompañamiento de la sociedad que temía pero también disfrutaba del poder de juzgar y sancionar a sus semejantes, los poderes tuvieron su momento de gloria, en donde el ejercicio de autoridad sin límites estaba acompañado de popularidad y consentimiento”.

Todo vecino fue sospechoso.

Todo vecino fue juez.

Ahora parece fundamental que hablemos de ese elefante enorme que se pasea por nuestras salas, rasgas las alfombras y las cortinas, rompe los caireles de las arañas con su trompa y al que no tenemos ninguna gana de considerar como parte del paisaje: lo que produjo el encierro de casi dos años en todos nosotros. Por eso, y a raíz del recuerdo de la “polémica” pregunté en redes por testimonios sobre delaciones sufridas por otros ciudadanos en tal aciaga época.

Algunas respuestas rápidas que recibí:

Liliana, de Mar de Ajó, recordó los altoparlantes omnipresentes enviando a la gente a encerrarse.

Elías contó que una vecina los denunció a la policía porque había salido, él con su esposa y agrega “olvidó decirle a la policía que salimos para que mi señora tuviera a mi hijo Augusto”.

Raquel tiene aún presente el día en que un policía la hizo separar de su marido en la vereda, no podían caminar juntos volviendo de hacer las compras, que compartieran la vida en su casa no le molestaba al policía, que caminaran lado a lado en una vereda al aire libre, sí.

Ivana, odontóloga que no dejó de trabajar, tiene aún inoculado el miedo que le hizo vivir casi dos años y medio con palpitaciones.

Germán le comentó a una vecina que estaba yendo por las tardes a la terraza a ver el atardecer y al día siguiente metieron un cartel en el ascensor que prohibía usar los espacios comunes.

 Hugo recibió tres denuncias de parte de sus vecinos; un patrullero fue a su casa a ver de qué se trataba, había recibido la visita de su única hija, eso sí, reconoce que el oficial fue correcto y pedía disculpas pero las denuncias estaban y él tenía que cumplir con su deber.

Adriana apenas comenzada la cuarentena fue a buscar a su mamá de 91 años para pasar el trance juntas; recibió una denuncia de una vecina que no contenta con eso, la llamaba por celular para insultarla, terminó bloqueándola, hoy ya no la saluda.

Agustina recuerda que a un vecino de Pilar que fue de los primeros en recibir resultado positivo, los vecinos le incendiaron la casa.

A Billy lo puteaban desde los balcones cuando de noche salía a correr.

Klauss estuvo 35 días varado en México y mientras Aerolíneas le pedía 2500 dólares por volver, la Fuerza Aérea Mexicana lo trajo a costo cero (algún día Florencia Carignano, la directora nacional de Migraciones y una de las más soberbias e ineficaces funcionarias de un gobierno lleno de soberbios e ineficaces, deberá pagar por lo que hizo en cuarentena, tomándose atribuciones por sobre la Constitución).

Cuando a Rossana le llegó la ambulancia para inyectarse por su artritis reumatoidea, los vecinos empezaron a mandarse mensajes en el grupo hasta que una vecina la amonestó directamente diciéndole que si tenía covid tenía la obligación informarles.

La hija de Nancy se casó en febrero del ’21 (un año después de comenzadas las restricciones) y apenas hizo un encuentro de 20 personas en una quinta al aire libre durante dos horas; así y todo, recibió denuncias policiales.

Al hijo de Verónica lo paró la policía en la esquina de su casa, había salido a pasear el perro; su hijo mayor se fue del país, ella perdió sus dos trabajos y todavía sigue con trastorno de ansiedad generalizada, no pudo despedirse ni de su ahijada ni de su tía.

Juan Ignacio no se olvida del vecino que durante las 24 horas del día reportaba al grupo de wasap cada vez que lo veía entrar y salir de su casa, al trabajo.

La vecina de Norma, en Mar del Plata, le gritaba cada vez que sacaba a pasear al perro; fue por esos gritos intimidantes que no se animó a llevar a su papá en silla de ruedas a ver el mar; hoy que su papá ya no está más, muerto de tristeza, lo lamenta.

A Adriana la paró la policía cuando venía manejando su auto y en el asiento de atrás venía su sobrina, con quien convive; el policía le dijo que no podían circular así, que tenían que tomar un taxi.

 A Pinki la policía la perseguía con megáfono por pasear a su perro.

A la mamá de Sandra, sentada sola en una plaza unos vecinos la retaron, ella dijo “m’hijito, ya tengo 89, ya viví”.

Leonor, de Chascomús, para poder ir a CABA al médico tuvo que salir clandestina en el camión del repartidor de agua, al retornar la paró la policía, mintió que había ido al supermercado para no tener problemas, tuvo que mostrar un ticket de compra.

Milena alquilaba una casa al fondo, adelante estaba la casa de la dueña que no quería que pasaran por el único pasillo para ir a la calle, pero el marido de Milena tenía que trabajar.

Los vecinos de Noé tenían un pizarrón en la vereda con los muertos diarios atemorizando al barrio.

El vecino de al lado de Flavia dejó de hablarle porque un día soleado de invierno ella decidió tomar un poco de aire y eso para su vecino fue “estar de joda”.

Mirtha sólo tiene 3 vecinos y era la única que salía a trabajar, huían de ella como, literalmente, de la peste.

Vicky le echa la culpa al gobierno de Salta por el encierro de su marido por “sospecha de covid”.

Norma se arrepiente “mil veces” de que el miedo le haya llevado a denunciar a la policía a unos chicos que en la plazoleta frente a su casa tomaban mate.

Luis que trabaja en una clínica debió soportar que el almacenero le pidiese que no fuese a comprar porque los clientes se habían quejado.

La vecina de Sol se quejó porque sus hijos saltaban haciendo gimnasia por zoom, decidió entonces una vez finalmente ir a un parque y sentarse en el césped pero la policía les dijo que no podían sentarse, que había que circular.

Las historias continúan y continúan a lo largo y a lo ancho del país. Usted puede agregar la suya.

Por supuesto, también hubo vecinos solidarios que salieron a hacer las compras de quienes no podían hacerlo; gestos humanos en medio de la desolación total.

El peronismo en el poder gozó como nunca de la carta blanca de la delación a las reglas más absurdas mientras que pocos y valiosos políticos de la oposición se opusieron. Entre ellos no estuvieron aquellos que hoy se erigen como paladines de la libertad. No aparecieron. Hoy gritan “¡Libertad!” como rugido anárquico, pero cuando hubo que poner el cuerpo por la ausencia de ese bien preciado, silenzio stampa.

Y así como los banderazos para pedir apertura fueron espontáneos y mostraron lo mejor de una sociedad que no quiso arrodillarse, los delatores son también parte de esta sociedad.

Estaban ahí y un mínimo empuje estatal los hizo florecer.

Sin ningún ánimo de justificar, pero sí de entender, quizás la rabia de todos esos jóvenes arrogantes que tiran “viejo meado” a cualquier mayor que intenta poner algo de racionalidad en esta insanía diaria que vivimos, tenga su origen en que pasaron dos años de sus vidas entre el sermoneo y el castigo sólo por querer ir a tomar mates a la plaza.

Fue el estado y sus mayores quienes les cortaron toda posibilidad de desarrollo educativo, emocional, económico, social en el momento en que más lo precisaban.

Y entonces ahora quizás estén haciendo pagar ese costo.

Más allá del vacunatorio vip, la fiesta de Olivos, la mentira de los glaciares, el dear Anatoly, el perseguir idiotas y tantos otros conceptos que nos han dejado los dos peores años de la democracia argentina, todo eso que alguna vez merecerá una revisión profunda con la ley en la mano y que se deberá exigir al próximo gobierno, hay un profunda e intensa mirada sobre nosotros mismos que todavía no hicimos y se convierte en necesaria.

¿Cómo se construye en una sociedad sabiendo que tantos compatriotas adhieren alegremente al autoritarismo?

 ¿Cómo crecer con tanto facho agazapado dando vueltas?

¿Cómo seguiremos conviviendo con los que nos dijeron “después no pidás respiradores viejo boludo”?

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