Incertidumbre y tensión entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández: “¿vos confiás en Massa?”

Cómo sigue la alianza oficialista tras los cambios. Las exigencias del nuevo superministro y su estrategia frente al dólar y la merma de las reservas. Consejos de Lavagna en una charlas a solas. Por Santiago Fioriti
Incertidumbre y tensión entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández: “¿vos confiás en Massa?”

Hasta hace algunos años, cuando todavía los astros conspiraban a su favor, a Sergio Massa le divertía contar una anécdota de uno de sus primeros encuentros con Néstor Kirchner. La escena, se supone, ocurrió después de un partido de fútbol en la Quinta de Olivos, cuando los ministros ya habían emprendido el regreso a sus casas. Los dos se quedaron tomando whisky en el quincho de la residencia, a solas, hasta bien pasada la medianoche. Cuando se pararon para irse, Kirchner despidió a su funcionario con una frase: “Vos sos igual que yo, pero más hijo de puta”.

Para Massa era una carta de presentación, un pergamino, quizá. Una suerte de bendición, un “estás hecho para esto”, según interpreta hoy uno de los referentes del Frente Renovador que lo acompaña desde 2013 y que recordó la anécdota cuando comenzó a cristalizarse su reciente llegada al Gabinete. “Este es el momento que Sergio estaba esperando. Un ‘a todo o nada’. Reconstruir desde las cenizas y poder demostrar que está a la altura de los grandes desafíos”, dice.

El arribo del presidente de la Cámara de Diputados al Ejecutivo no se da en un clima de armonía ni es un as en la manga que Alberto Fernández y Cristina tenían guardado. Es, por el contrario, una maniobra desesperada, una muestra de que la crisis estaba -y aún lo está- a punto de devorarse al Frente de Todos. Ni el Presidente ni su vice hubieran querido llegar a esta situación.

“¿Vos confiás en Massa?”, le ha preguntado Cristina a Alberto en la intimidad de Olivos. “¿Y vos?”, ha sido la respuesta de Fernández. Fueron acaso preguntas retóricas, pero que desnudan el miedo de ambos a las ambiciones del flamante superministro.

Massa, es cierto, nunca las ocultó. Si querían que asumiera tenía que haber un movimiento importante de piezas. Lo planteó varias veces, pero sobre todo hace cuatro semanas, apenas renunció Martín Guzmán. Alberto se opuso y llamó por teléfono a Cristina para decirle que su elegida era Silvina Batakis. La vice aceptó el nombre, pero nunca hizo gestos públicos de apoyo. Massa se fue de Olivos con un enojo indisimulable. “En sesenta días hablamos”, los desafió a Juan Manuel Olmos, Santiago Cafiero, Julio Vitobello y Julián Leunda, mientras salían caminando por los jardines. 

No fueron 60, fueron 24. El dólar tocó los 350 pesos, el riesgo país se disparó hasta los 3 mil puntos y las reservas del Banco Central no dejaron de caer. Los gobernadores peronistas presionaron a Alberto, ya no solo con la jugada de adelantar las elecciones en sus provincias -cosa que harán de todos modos- sino con tomar aún más distancia de la Nación. “A mí no me van a usar de pelotuda”, les había dicho Batakis en una reunión, cuando anunció el recorte de fondos para las provincias con superávit. La enjundia le duró poco. Estaba en Estados Unidos, intentando negociar con el FMI, cuando se percató de que en Buenos Aires le estaban haciendo tambalear la silla.

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Cristina, a través de un juego de pinzas entre camporistas y massistas, fue vital para arrinconar a Fernández. De nuevo: nada es por amor, tan solo espíritu de supervivencia y con un costo alto para ella frente a sus feligreses más puros. Massa es el enemigo de Venezuela en el Frente de Todos, el promotor de la doctrina de Rudolph Giuliani en Seguridad, el que iba a meter presos a los ñoquis de La Cámpora y el que acaba de entablar contactos con la Sociedad Rural.

Massa se arrojó del trampolín el viernes 22 de julio, tras varias charlas con Cristina. Ese día fue a almorzar con Alberto a la Casa Rosada. Se aseguró allí el manejo de Economía, Producción y Agricultura. Fernández llamó a Cristina por la noche y le dijo que quería verla para consensuar las modificaciones. Almorzaron el sábado 23. Pareció una puesta en escena: los cambios centrales ya estaban acordados entre la jefa del Frente y Massa.

Ese mediodía Cristina le pidió silencio al primer mandatario. Lo intimó a que no se filtrara su visita a Olivos. A la portavoz, Gabriela Cerruti, ni siquiera le contaron de la conversación. Cerruti tuvo que bloquear las llamadas. Al menos cinco periodistas de Clarín la contactaron ese día durante ocho horas. No le contestó a ninguno. La tarde anterior había sido más cordial. Aceptó responder preguntas sobre su posteo en Instagram para promocionar el sorteo de un vibrador sexual.

La designación de Massa dejó heridos. Con el mismo tono con el que le pidieron por favor que asumiera, a Daniel Scioli le solicitaron por favor que se volviera a Brasil; a Julián Domínguez esta vez el sapo que se tenía que tragar le pareció demasiado grande; y a Batakis le ofrecieron dos cargos en honor a los servicios prestados y eligió el Banco Nación.

La otra salida rutilante fue la de Gustavo Beliz. El secretario de Asuntos Estratégicos renunció el jueves con una carta escueta confeccionada a mano. “Dios los guarde”, puso, en tono papal. Había charlado ese mismo día con un alto funcionario: “Es momento de apoyar a Alberto”, le dijo. Al rato se fue. El funcionario se ocupó de hacer trascender la conversación para dejarlo en ridículo. Alberto ni siquiera lo saludó. Las fidelidades que recoge el Presidente son como copos de nieve al rayo del sol.

Massa sueña con revertir una imagen devastada en los sondeos de popularidad. Le prometió a su equipo que irá a fondo. Entre sus últimas fantasías está el control del Banco Central. Miguel Pesce le parece, como a Cristina, una figura desgastada. Acaso no sea casual que Olmos, el nuevo vicejefe de Gabinete, haya tenido que ratificarlo ayer en el cargo. El albertismo resiste, siempre. Hasta que deja de resistir.

El plan massista se pule en las oficinas de la Avenida del Libertador 850. Es el búnker desde hace varios años. Desde allí se diseña, también, un estilo propio de comunicación que choca con el de Cerruti. Por esas oficinas, en los últimos días desfilaron decenas de dirigentes, aunque a la hora de tomar decisiones Massa se queda con un mínimo grupo de colaboradores. La útima conversación terminó el sábado a las dos y media de la mañana.

En el viaje hacia Tigre Massa se mantuvo online, contestando mensajes en el auto y luego en su casa dos horas más. Economistas, empresarios y dirigentes políticos lo contactan para saber con qué Argentina se encontrarán mañana cuando abran los mercados, cuáles son las medidas en danza y para intentar dilucidar hasta qué punto le permitirán hundir el bisturí en una economía con una inflación que no para de crecer y con las reservas de dólares del Central al borde del colapso.

Massa, en general, contesta con emoticones: con el emoji que sonríe y con el que abre los bracitos y se encoge de hombros. Es una manera de esquivar las preguntas. No las de todos: el nuevo ministro está atado a un anillo de empresarios que lo sigue a sol y a sombra, protagonistas del Círculo Rojo que fomentaron su arribo y que ahora hablan de un shock de confianza.

Massa se ilusiona con recrear un ministerio fuerte, al estilo del que condujo Roberto Lavagna en la presidencia de Duhalde y en los primeros años de Kirchner. De eso habló con Lavagna el miércoles en una reunión de algo más de una hora. El tigrense forzó ese encuentro. Habían quedado en verse a la mañana, pero cuando el todavía presidente de la Cámara de Diputados estaba en camino lo llamaron para convocarlo a Olivos. El economista le dijo que fuera al terminar. Massa insistió con que debían verse sí o sí ese día. A la tarde tenía reunión con Cristina y quería llegar con la buena nueva: “Tengo el okey de Lavagna”, diría.

El ex ministro veía a la Argentina rumbo al cataclismo, pero hoy cree que el Gobierno está ante una nueva oportunidad. En la charla con Massa, en su casa de Saavedra, fue contundente. Planteó que la gravedad de la crisis no se resuelve con dosis homeopáticas y que se debe apelar a medidas interconectadas, con un fuerte ejercicio del poder desde el Palacio de Hacienda, similar al esquema que él tuvo en sus años como ministro. "Paz, administración y orden", suele decir desde aquellos tiempos. A Kirchner lo enojaba. “Ese era el lema de Roca”, le decía.

Massa quiere que Lavagna lo asesore, pero el economista rechaza todos los cargos. Así lo contó Massa, el viernes, en una reunión con quince dirigentes del Frente Renovador. Massa los había citado a las diez y media de la mañana en su oficina, pero debieron esperarlo porque a esa hora iba de nuevo en camino a ver al Presidente. Los dirigentes se quedaron en su despacho viendo las imágenes de su ingreso a Olivos, en varias pantallas al mismo tiempo. Las medialunas, dicen, estaban ricas.

Los canales de noticias transmitieron su salida de la Residencia. Massa viajó rápido hasta Retiro. Hizo una aparición fulgurante, típica en él: subió por una escalera que lo conduce directo desde la cochera del edificio hasta su despacho por un pasadizo que uno de sus colaboradores define como “el pasadizo secreto del Zorro”. Massa estaba verborrágico.

Ahora en la TV se mostraban las pantallas de las casas de cambio del microcentro porteño, que marcaban el dólar blue por debajo de los 300 pesos. “¡Que pare de bajar!”, ironizó Massa, y encendió un cigarrillo. 

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