Opinión 08/05/2022 14:43 hs

La columna de Osvaldo Bazan: EL HARTAZGO

Momento en el que Luis Majul se burla de Alfredo Casero.
Momento en el que Luis Majul se burla de Alfredo Casero.

Antes de comenzar, un aviso.

Esta columna no es la que originalmente estaba a punto de ser enviada el sábado a la mañana preparada para este espacio. Estará escrita de un tirón, sin corregir, sin pensar, sin tiempo.

Fluirá.

Antes de comenzar, otro aviso.

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Esta columna es catarsis, confesión de parte e historia personal.

Hablaré de mí, que soy un tema apasionante y conozco bastante bien. O al menos, bastante mejor de lo que conozco sobre otros temas de los que suelo escribir.

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La patada inicial para este escrito es el zafarrancho televisado de Alfredo Casero en el programa de Luis Majul por LN+ y que no hay que explicar porque ocurrió a las 22.11 del viernes 6 y antes de las y media ya explotaba en los teléfonos de medio país con un: “¿viste lo de Casero?”.

Tal expansión colosal en las redes sólo me resulta comparable a cuando a las 11 de la noche del 18 de enero de 2015, el bueno de Damián Pacther, periodista, escribió: “Me acaban de informar sobre un incidente en la casa del fiscal Alberto Nisman” en twitter, consiguiendo que en pocas horas la agencia oficial Télam publicara el billete de avión con hora y destino que Pachter tomaría de ahí en más.

Hoy Damián, periodista, sigue en Israel y acá no ha pasado nada.

Sin fiscal asesinado en el medio, lo del viernes a la noche también muestra el estado putrefacto de la sociedad en la que nos movemos, como aquella noche en que Pachter, periodista, hizo el bolsito y tuvo que salir rajando, sin tiempo para saludos o compra de souvenires.

No casualmente, aquella noche y ésta, fueron bajo gobiernos peronistas.

Los causantes del estado de putrefacción.

No casualmente, aquella noche y ésta, tuvieron como protagonistas a periodistas.

Las supuestas correas de transmisión entre el poder y la sociedad.

Que la difusión de lo del viernes haya sido instantánea, que todos hayamos tenido algo que decir al respecto es lo que le da el verdadero valor.

No fue un actor enojado porque le tomaban el pelo en una entrevista.

Fue un momento Joker que esperemos que no termine como en la película. Pero nadie puede decir qué pasará en este país ni siquiera la semana que viene. Que, como bien decía Mafalda, si viene, como están las cosas, es porque es bastante valiente.

Fue una expresión de hartazgo ante todos y ante todo que se compartió en tiempo real con miles y miles de argentinos que también están hartos de todos y de todo.

Voy a intentar contar(me) qué pasó el viernes por la noche en el canal de noticias.

Dentro del periodismo siempre se menospreció el “periodismo de periodistas” como una rama menor; una especie de “Intrusos en el Periodismo” bajo el argumento de que “los periodistas no somos tan importantes, no tenemos que ser la noticia, no hablemos de nosotros”.

La premisa es buena pero siempre la noté falsa y acomodaticia.

Se convierte en un buen escudo que tenemos para criticar y hasta demoler vidas ajenas sin temer que alguien ponga la lupa sobre nosotros. Sí, claro, es un redondo argumento corporativo que nos libra de tener que decir públicamente quién hace qué negocio con quién; quién acosó a quién; quién vendió a quién; quién consiguió qué cosa por qué motivo.

Todos sabemos lo que todos sabemos pero nos guardamos muy bien de decirlo y de paso nos libramos de que nos investiguen nuestras vidas. Dejamos esos datos para las cenas periodistiqueras donde decimos todo lo que no decimos públicamente. Acepto que es el nivel de hipocresía media que nos permite vivir en sociedad sin sacarnos los ojos todos contra todos todo el tiempo.

No se haga el santo, que usted también calla cosas por las dudas y no le cuenta a su cuñada lo que sabe sobre su hermano.

Los bomberos no pisan la manguera de sus colegas; los periodistas no publicamos las felonías de los nuestros.
Una mano lava la otra y las dos lavan la cara.

No es tan fácil vivir en sociedad.

Pero no me quiero hacer el distraído.

Una cosa es la supervivencia necesaria, el barniz de impostura para no agarrarnos a trompadas y otra muy distinta la ventajita vil; la ventanita que permite un currito y entonces hoy dejás un cachito de dignidad y mañana otro currito un poquito más grandecito (todo en diminutivito) y pasado vendiste a tu viejita y no te importó un carajito.

Nunca supe de verdad por qué quise ser periodista, pero contaban mis viejos que a los tres años, dije que eso era lo que quería hacer para vivir cuando sea grande.

Vivía en un pueblo de 2000 habitantes de esos que, como cantaba Serrat cuando cantaba: “Por no pasar, ni pasó la guerra”. “Si nunca viste un periodista de cerca -decía mi viejo- ¿por qué querés ser periodista? ¿Por qué no estudiás para maestro o fotógrafo como yo o almacenero?”.

Cuando intento explicarme de dónde me habrá venido ese deseo sobre mi futuro laboral pienso que en la tele, mientras cenábamos, veíamos a Mónica Presenta y en las tardes escuchaba a mis tías pasarse todos los chismes del pueblo. La más chismosa, la que tenía el dato del romance más inesperado era la que lograba más poder, convirtiéndose en objeto de la envidia y la admiración de las demás.

La elección era clara.

Así, entre mate y ensaimada entendí lo que mucho tiempo después intentarían enseñarme en la facultad: “información es poder”. Pero también aprendí la contrapartida: la tía conservaba esa admiración en tanto y en cuanto se confirmara que la secretaria efectivamente se acostaba con el médico. Si se descubría que no era cierto, las demás se lo recordaban, la tía perdía prestigio y poder y la mandaban a cambiarle la yerba al mate.

Y lo que nos está pasando es que la secretaria no se acostó con el médico, era todo una patraña de la tía para usurpar un poder que no le correspondía.

Nos mandaron a cambiarle la yerba al mate.

Pero hay algo más.

Están las redes.

En tren de recuerdos infantiles, veo a mi viejo puteando al televisor ante una monserga de Bernardo Neustadt o a mi vieja insultando a Isabelita con los peores epítetos que he escuchado en mi vida.

Neustadt nunca se enteró del enojo de mi papá.

Isabelita no sospecha lo que pensaba la Lili de ella.

Las distintas elites bailaban felices por los prados, elogiándose entre sí, sin posibilidad de que alguien les dijera algo.

Hoy esa impunidad no existe más.

Circulan más datos; esa información que profesionalmente no contamos, muchas veces por ignorancia -muchas más de lo que se podrían imaginar- aparece igual.

Siempre hubo alguien en el público que sabía desde hacía años un tema del cual el periodista que estaba opinando acababa de enterarse. Antes, ese público informado, se daba vuelta y se lo contaba a su cónyuge.

Ahora, lo publica en redes y el periodista queda desnudo.

Datos o insultos hoy corren libremente.

Las élites están al alcance de la mano.

Y la situación no da para más.

Al periodismo le ha quedado un hábito de la cuarentena: vivir en la burbuja. Encerrados en la lógica del poder, creyéndonos poder por ósmosis, entramos en el juego perverso de la casta gobernante.

Durante 24 horas seguidas los argentinos fuimos expuestos el viernes, con la previa del discurso sicótico y mentiroso, con el discurso sicótico y mentiroso y con los análisis del discurso sicótico y mentiroso de la vicepresidenta rodeada de estafadores y estafados felices.

Cadena nacional, antes, durante y después.

Y la contestación del presidente desde Ushuaia y el pedido de que lo aplaudan porque espontáneamente el aplauso no salió.

Mientras tanto, medio país no tiene para comer.

¿Se puede leer otra vez la frase?

Medio país no tiene para comer.

Entran en tu casa, te roban, te torturan, te matan.

PAMI no atiende, se desentiende.

ANSES reparte dinero de los que aportan entre los suyos y los viejos que aportaron toda la vida tampoco tienen para comer.

La sociedad está a los gritos en carne viva y gran parte del periodismo sigue enredado en las posibilidades o no de los candidatos para 2023, en la interna de la interna, en la contestación de la contestación de la contestación de la contestación de un tuit. Al que además no le dicen “tuit”, le dicen “tuiter” porque todavía no saben la diferencia.

Por supuesto que lo político es importante, pero no paramos de confundir “político” con “electoral”.

Lo electoral también es importante pero no hoy, hoy tiene la relevancia que le damos en los medios.

Mientras tanto, la sociedad se organiza como puede. Y cuando no puede, explota.

No es sólo por el periodismo, claro.

¿Cómo creen que se siente un productor agropecuario cuando escucha decir al vicepresidente de la Sociedad Rural, Marcos Pereda, al salir de una reunión con el ministro Guzmán: “Vimos un Guzmán desde el punto de vista técnico muy sólido, incluso desde el lado de los empresarios, todos muy convencidos en apoyar al ministro. Al agro no lo mencionó, y eso molestó un poco a nuestro sector. Somos grandes contribuyentes de divisas al país”?

Y sí, si sale de una reunión en donde ni nombra al sector y el dirigente de ese sector lo único que hace es chuparle las medias, es probable que el ministro no lo nombre jamás.

¿Tanto miedo le siguen teniendo los empresarios nacionales al peronismo?

El elogio al peronismo por las dudas es histórico y responsable de estas honduras.

A Mayra Mendoza se le conoce un curro millonario.

Cinco días estuvo dando vuelta en las redes hasta que saltó a los grandes medios.

No hay un solo informe televisado sobre los remedios que PAMI dejó de pagar.

Todos sabemos que la vice es responsable de este gobierno, pero Clarín titula: “Cristina dijo que el gobierno defrauda a los votantes y atacó la política económica”, en lugar del correcto “Cristina dijo que su gobierno defrauda a los votantes y atacó su política económica” que sería lo acertado y que correría al periodismo de sumarse -voluntariamente o no- al nuevo fraude de la vieja dama de Recoleta.

La Nación titula: “Cristina criticó el rumbo económico y dijo que el gobierno defraudó”. Otra vez el mismo error. Lo correcto era “Cristina criticó el rumbo económico y dijo que su gobierno defraudó”.

Igual, también sabemos que las tapas de los diarios perdieron poder.

Cuatro años pasaron analistas políticos acusando a Cambiemos de “mantener la centralidad de Cristina” para sus propios intereses, “porque les sirve para confrontar”. Esos mismos analistas políticos no pasan un comentario sin “centralizarla”.

Es ingenuo pensar que no tiene poder.

Es temerario reforzar su centralidad todo el tiempo.

Política y sociedad hoy son burbujas separadas.

Una toma el té y discurre sobre sus cuitas.

La otra ya ni mira la fiesta por la ventana. ¿Habrá un momento en que intente hacer estallar los vidrios?

Claro que hay gente que va a detonar.

Lo de Casero y Majul es sólo un microlaboratorio de lo que está ocurriendo a escala nacional.

La vice cobra casi tres millones por mes de jubilación que para poder ser pagada, se saca de las jubilaciones que aportaron señores y señoras a lo largo de toda su vida y que ahora no pueden pagarse sus remedios y a veces ni comer. Y eso si tienen la suerte de ser dueños de sus viviendas.

Al presidente le piden un aplauso porque nadie lo aplaude.

Hace seis meses mataban al kiosquero Roberto Sabó en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires y ahora la familia anuncia que se va del país.

¿Escucharon a Kicillof hablar del asunto?

¿Vieron al periodismo preguntarle?

¿Por qué no explotarían contra el silencio?

La delincuencia rural está en auge, ya no sólo con rotura de silobolsas, sino con la carneada directa de vacas en los campos. ¿Qué dice la Sociedad Rural? Que el ministro es muy sólido.

Los chicos pasan de año llevándose 19 materias. ¿Qué dicen las cabecitas de Sarlo?: “Me equivoqué ¿y qué?, me voy a seguir equivocando” al tiempo que insisten en ser tomadas como gurúes intelectuales de la patria.
Una novela cuesta tres, cuatro, cinco mil pesos y a los pocos lectores que quedan no les alcanza la plata para un libro. ¿Qué dicen los escritores? Le exigen subsidios al Estado y se aplauden porque le sacaron unos pesos a la feria del libro.

¿Entienden las élites lo que es hoy alquilar en Argentina?

Los facilitadores del gobierno actual, los que vendieron el “Alberto Moderado” todavía exigen autocrítica al gobierno anterior pero no piden perdón por haber sido facilitadores del gobierno actual.

¿Saben por qué?

Porque le siguen teniendo miedo a la extorsión peronista.

El Estado Nacional no exige demasiados papeles a quienes se autoperciban pueblos originarios (siempre y cuando sean mapuches; los Quom y los Wichís se mueren de hambre pero no importa) y les da tierras que son de todos en los mejores paraísos nacionales. La abogada Silvia Vázquez que tenía que apelar en nombre del ejército un fallo vergonzoso, lo hizo dos días más tarde, haciendo caer el pedido y bueno, qué va’cer.

¿Cómo soportar tanto destrato sin descargar la bronca, sin putear a todo lo que se mueva y lo que no se mueva?

Como dije, este escrito es abismal y de corrido, no estoy corrigiendo ni pretendo releerlo, espero poder ser claro, no estoy hablando de Casero ni de Majul como tales; son personajes públicos y ya tenemos una idea sobre ellos, más basada en lo que muestran que en lo que quizás efectivamente sean; me interesa más la situación que los protagonistas. Además, entrar en la psiquis de cada uno de ellos es algo que no me saldría y se lo dejo a colegas que hacen análisis a distancia.

Le temo al hartazgo explícito y la explosión anárquica contra todo porque lo veo venir.

Perdón por los exabruptos, la catarsis y los recuerdos personales.

No es por hacer el show de la equidistancia, pero quiero dejar explícito que está lleno de periodistas honestos, buenos profesionales y muchos de ellos tampoco llegan a fin de mes. Es más, no tienen un “fin de mes” porque van cobrando colaboraciones cuando a las empresas se les ocurre pagar.

Cada cual se hizo periodista por distintas razones, a veces secretas.

Yo veía qué respeto se ganaba mi tía cuando contaba el mejor chisme.

Y no quiero ser mandado a cambiar la yerba mientras sigue la conversación en el patio.

No sé qué tiene que ver, pero algo tiene que ver.

Y quiero decir lo último en esta correntada de ideas cachuzas y sentimientos peliagudos.

Desquiciados estamos todos, el asunto es no hacerse los boludos.

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